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LAS 27 CREENCIAS DE LOS ADVENTISTAS DEL SÉPTIMO DIA |
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Resumen
tomado del Libro " Creencias de los Adventistas del Séptimo Día."
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Las Sagradas Escrituras, compuestas del Antiguo
y el Nuevo Testamento, son
Hay un
Dios: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, la unión de tres Personas co-eternas. Dios es inmortal, todopoderoso, omnisapiente;
está por encima de todo y de todos, y es omnipresente. Es infinito y está por
encima de la comprensión humana; sin embargo se lo puede conocer por medio de
su autorevelación. Es para siempre digno de que
toda la creación le rinda alabanza, adoración y servicio.
Dios, el
Padre Eterno, es el Creador,
Dios el
Hijo Eterno se encarnó en Jesucristo. Por medio de él todas las cosas fueron
creadas, se revela el carácter de Dios, se cumple la salvación de la
humanidad, y el mundo es juzgado. Siendo para siempre verdaderamente Dios,
también se convirtió verdaderamente en hombre, en Jesús, el Cristo. Fue
concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María. Vivió y
experimentó tentaciones como ser humano, pero ejemplificó perfectamente la
justicia y el amor de Dios. Por sus milagros manifestó el poder de Dios y fue
confirmado como el Mesías prometido de Dios. Sufrió y murió voluntariamente
en la cruz por nuestros pecados, y en lugar nuestro fue levantado de los
muertos, y ascendió para ministrar en el santuario celestial en nuestro
favor. Volverá en gloria para realizar la liberación final de su pueblo y la
restauración de todas las cosas.
Dios el
Espíritu Eterno estaba activo con el Padre y el Hijo en la creación, la
encarnación y la redención. Él inspiró a los autores de las Escrituras. Él
llenó la vida de Cristo con poder. Él atrae y convence a los seres humanos; y
a los que responden a su llamado, los renueva y transforma a la imagen de
Dios. Fue enviado por el Padre y el Hijo para estar siempre con sus hijos, y
le concede a la iglesia dones espirituales, la capacita para dar testimonio
en favor de Cristo, y en armonía con las Escrituras, la lleva a toda la
verdad.
Dios es
el Creador de todas las cosas, y ha revelado en las Escrituras la descripción
auténtica de su actividad creadora. En seis días hizo el Señor "los
cielos y la tierra" así como todo lo que tiene vida sobre la tierra, y
reposó en el séptimo día de esa primera semana. Estableció así el sábado como
un recordativo perpetuo de su obra creadora completa. El primer hombre y
mujer fueron hechos a imagen de Dios, como la obra cumbre de la creación; se
les concedió dominio sobre el mundo, y se les encargó que cuidasen de él.
Cuando el mundo estuvo terminado, fue declarado "muy bueno", y
revelaba la gloria de Dios.
Nuestros
primeros padres fueron hechos a la imagen de Dios, con individualidad, la
capacidad y libertad de pensar y obrar. Si bien fueron creados como seres
libres, cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu,
dependiente de Dios para la vida, la respiración y todo lo demás. Cuando
nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de Él
y cayeron de la elevada posición que ocupaban bajo la autoridad de Dios. La
imagen de Dios en ellos fue dañada, y pasaron a estar sujetos a la muerte.
Sus descendientes comparten esta naturaleza caída y sus consecuencias. Nacen
con debilidades y tendencia al mal. Pero Dios en Cristo reconcilió el mundo a
sí mismo, y por su Espíritu restaura en los mortales penitentes la imagen de
su Hacedor. Creados para la gloria de Dios, se los llama a amar a su Creador
y los unos a los otros, y a cuidar de su ambiente.
Toda la
humanidad se halla ahora envuelta en una gran controversia entre Cristo y
Satanás acerca del carácter de Dios, su ley, y su soberanía sobre el
universo. Este conflicto se originó en el cielo, cuando un ser creado, dotado
de libertad de elección, al exaltarse a sí mismo se convirtió en Satanás, el
adversario de Dios y condujo a la rebelión a una porción de los ángeles.
Introdujo el espíritu de rebelión en este mundo cuando hizo caer en el pecado
a la primera pareja. Este pecado humano produjo la distorsión de la imagen de
Dios en la humanidad, el desorden en el mundo creado, y su eventual
devastación por medio del Diluvio universal. Observado por toda la creación,
este mundo se convirtió en la arena del conflicto universal, en el cual el
Dios de amor será finalmente vindicado. Con el fin de socorrer a su pueblo en
esta controversia, Cristo envía el Espíritu Santo y los ángeles leales para
guiarlos, protegerlos y sostenerlos en el camino de la salvación.
...en la
vida de perfecta obediencia a la voluntad de Dios que vivió Cristo. En sus
sufrimientos, su muerte y resurrección, Dios proveyó el único medio de expiar
el pecado de la humanidad, de modo que los que aceptan por fe esta expiación
pueden tener vida eterna, y toda la creación puede comprender mejor el
infinito y santo amor del Creador. Esta expiación perfecta vindica la
justicia de la ley de Dios y la benignidad de su carácter, por cuanto condena
nuestro pecado y hace provisión para nuestro perdón. La muerte de Cristo es
substitutiva y expiatoria, capaz de reconciliar y transformar. La
resurrección de Cristo proclama el triunfo de Dios sobre las fuerzas del mal,
y para los que aceptan la expiación , les asegura la
victoria final sobre el pecado y la muerte. Proclama el señorío de
Jesucristo, ante el cual se doblará toda rodilla tanto en el cielo como en la
tierra.
En su
infinito amor y misericordia, Dios hizo que Cristo, que no conoció pecado,
fuese hecho pecado por nosotros, con el fin de que pudiésemos ser hechos
justicia de Dios en él. Guiados por el Espíritu Santo, sentimos nuestra
necesidad, reconocemos nuestra pecaminosidad, nos arrepentimos de nuestras
transgresiones, y ejercemos fe en Jesús como Señor y Cristo, como sustituto y
ejemplo. Esta fe que recibe la salvación viene por medio del poder divino de
La
iglesia es la comunidad de los creyentes que confiesan que Jesucristo es el
Señor y Salvador. Manteniendo la continuidad con el pueblo de Dios de los
tiempos del Antiguo Testamento, se nos llama a separarnos del mundo; y nos
reunimos para adorar, para tener comunión los unos con los otros, para ser instruídos en
La
iglesia universal está compuesta de todos los que creen verdaderamente en
Cristo, pero en los últimos días, que son una época de extensa apostasía, hay
un remanente que ha sido llamado para guardar los mandamientos de Dios y la
fe de Jesús. Este remanente anuncia la llegada de la hora del juicio,
proclama salvación por medio de Cristo, y levanta su voz para anunciar la
proximidad de su segundo advenimiento. Esta proclamación está simbolizada por
los tres ángeles de Apocalipsis 14; coincide con la obra de juicio en el
cielo y resulta en una obra de arrepentimiento y reforma en la tierra. A todo
creyente se lo llama para que tenga una parte individual en el testimonio
mundial de la iglesia.
La
iglesia es un cuerpo con muchos miembros, llamados de toda nación, tribu,
lengua y pueblo. En Cristo somos una nueva creación; las distinciones de
raza, cultura, educación y nacionalidad, así como las diferencias entre
posiciones elevadas y humildes, ricos y pobres, varones y mujeres, no deben
producir divisiones entre nosotros. Somos todos iguales en Cristo, el cual
por un Espíritu nos ha unificado en una comunión con Él y los unos con los otros;
debemos servir y ser servidos sin parcialidad ni reservaciones. Por medio de
la revelación de Jesucristo que presentan las Escrituras, compartimos la
misma fe y esperanza, y proyectamos un solo testimonio ante todos. Esta
unidad tiene su fuente en la unidad del Dios triuno,
el cual nos ha adoptado como sus hijos.
Por el
bautismo confesamos nuestra fe en la muerte y resurrección de Jesucristo, y
testificamos de nuestra muerte al pecado y de nuestro propósito de caminar en
novedad de vida. De este modo reconocemos que Cristo es nuestro Señor y
Salvador, llegamos a ser su pueblo, y somos recibidos como miembros por su
iglesia. El bautismo es un símbolo de nuestra unión con Cristo, el perdón de
nuestros pecados y nuestra recepción del Espíritu Santo. Se efectúa por
inmersión en el agua, y depende de nuestra afirmación de fe en Jesús y
evidencia de arrepentimiento del pecado. Sigue a la instrucción en las
Sagradas Escrituras y la aceptación de sus enseñanzas.
Dones y Ministerios Espirituales Dios
concede a todos los miembros de su iglesia en todas las edades, dones
espirituales, los cuales cada miembro debe usar en el ministerio de amor para
el bien común de la iglesia y la humanidad. Dados por la agencia del Espíritu
Santo, el cual reparte a cada miembro según su voluntad, los dones proveen
todas las capacidades y ministerios que necesita la iglesia para cumplir sus
funciones divinamente ordenadas. Según las Escrituras, dichos dones incluyen
los ministerios de la fe, sanidades, profecía, proclamación, enseñanza,
administración, reconciliación, compasión, y servicio abnegado y caridad,
para ayuda y apoyo del pueblo. Algunos miembros son llamados por Dios y
capacitados por el Espíritu para realizar funciones reconocidas por la
iglesia en ministerios pastoral, evangelístico,
apostólico y de enseñanza, los cuales se necesitan especialmente para equipar
los miembros para el servicio, para edificar la iglesia hasta la madurez
espiritual, y con el fin de promover la unidad de la fe y del conocimiento de
Dios. Cuando los miembros usan estos dones espirituales como fieles
mayordomos de la multiforme gracia de Dios, la iglesia se ve protegida de la
influencia destructora de las falsas doctrinas, crece con el crecimiento que
viene de Dios, y se ve fortalecida en la fe y en el amor.
Uno de
los dones del Espíritu Santo es la profecía. Este don constituye un rasgo que
identifica a la iglesia remanente, y se manifestó en el ministerio de Elena
G. de White. Por haber sido la mensajera del Señor,
sus escritos proveen una fuente de verdad perdurable y autoritativa, que
provee para la iglesia consuelo, conducción, instrucción y corrección.
Además, hacen claro el hecho de que
Los
grandes principios de la ley de Dios se hallan incorporados en los Diez
Mandamientos, y ejemplificados en la vida de Cristo. Expresan el amor de
Dios, su voluntad y sus propósitos en lo que concierne a la conducta y las
relaciones humanas, y son obligatorios para todo individuo en todas las
edades. Esos preceptos son la base del pacto que Dios ha hecho con su pueblo,
y la norma que se usa en el juicio de Dios. Por medio de la agencia del
Espíritu Santo, definen el pecado y despiertan el sentido de nuestra
necesidad de un Salvador. La salvación viene exclusivamente por gracia y no
por obras, pero su fruto es la obediencia a los Mandamientos. Esta obediencia
desarrolla el carácter del cristiano y produce una sensación de bienestar.
Constituye una evidencia de nuestro amor por el Señor y de nuestra
preocupación por nuestros semejantes. La obediencia de fe demuestra el poder
que Cristo tiene para transformar vidas, y en consecuencia fortalece el
testimonio del cristiano.
El
benéfico Creador, después de los seis días de la creación, reposó en el
séptimo día e instituyó el sábado para toda la humanidad como un memorial de
la creación. El cuarto mandamiento de la inmutable ley de Dios requiere la
observancia de este séptimo día sábado como el día de reposo, adoración y
ministerio en armonía con la enseñanza y la práctica de Jesús, el Señor del
sábado. El sábado es un día de deleitosa comunión con Dios y con nuestros
semejantes. Es un símbolo de nuestra redención en Cristo, una señal de
nuestra santificación, una muestra de nuestra fidelidad, y una anticipación
de nuestro futuro eterno en el reino de Dios. El sábado es la señal perpetua
que Dios ha dejado acerca de su pacto eterno entre Él y su pueblo. La gozosa
observancia de este sagrado tiempo, de tarde a tarde, de puesta de sol a
puesta de sol, constituye una celebración de la actividad creadora y
redentora de Dios.
Somos
mayordomos de Dios, quien nos ha confiado tiempo y oportunidades, capacidades
y posesiones, y las bendiciones de la tierra y sus recursos. Somos responsable ante Él de su uso correcto. Reconocemos que
Dios es el dueño, al rendir fiel servicio tanto a Él como a nuestros
semejantes, y al devolver los diezmos y dar ofrendas para la proclamación de
su Evangelio y el apoyo y crecimiento de su iglesia. La mayordomía es un
privilegio que Dios nos concede para ayudarnos a crecer en amor y a obtener
la victoria sobre el egoísmo y la codicia. El mayordomo se regocija en la bendiciones que otros reciben como resultado de su
fidelidad.
Hemos
sido llamados a constituir un pueblo piadoso que piensa, siente y actúa en
armonía con los principios del cielo. Con el fin de que el Espíritu Santo
reproduzca en nosotros el carácter de nuestro Señor, nos ocupamos únicamente
en actividades que produzcan pureza cristiana, salud y gozo en nuestras
vidas. Esto significa que nuestras diversiones y entretenimientos deben
hallarse a la altura de las más elevadas normas de la belleza y el gusto
cristianos. Sin dejar de reconocer las diferencias culturales, nuestra
vestimenta debe ser sencilla, modesta y presentable, como corresponde en el
caso de individuos cuya verdadera belleza no consiste en el adorno exterior,
sino en el ornato incorruptible de un espíritu manso y apacible. Significa
además que, por cuanto nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo,
debemos cuidar de ellos en forma inteligente. Junto con el descanso y el
ejercicio adecuados, debemos adoptar el régimen alimentario más sano posible,
y abstenernos de los alimentos impuros que identifican las Escrituras. Ya que
las bebidas alcohólicas, el tabaco y el uso irresponsable de drogas y
narcóticos son dañinos para nuestro organismo, debemos abstenernos también de
ellos. En vez de usarlos, debemos ocuparnos en todo lo que contribuya a
colocar nuestros pensamientos y cuerpos bajo la disciplina de Cristo, quien
desea para nosotros gozo, bondad y salud perfecta.
El
matrimonio fue establecido divinamente en el Edén, y Jesús afirmó que
constituía una unión de toda la vida entre un hombre y una mujer, en amoroso
compañerismo. Para el cristiano, el compromiso del matrimonio se hace con
Dios así como con el cónyuge, y deben entrar en él únicamente los
contrayentes que comparten una fe común. El amor mutuo, el honor, el respeto
y la responsabilidad constituyen la trama de esta relación, la cual debe
reflejar el amor, la santidad, la intimidad y la permanencia de la relación
que existe entre Cristo y su iglesia. En lo que se refiere al divorcio, Jesús
enseñó que la persona que se divorcia de su cónyuge, excepto por fornicación,
y se casa con otro, comete adulterio. Si bien es cierto que algunas
relaciones familiares pueden estar lejos de ser ideales, los cónyuges que se
entregan enteramente el uno al otro en Cristo, pueden lograr unidad en amor
por medio de la conducción del Espíritu y el apoyo de la iglesia. Dios
bendice la familia y se propone que sus miembros se ayuden unos a otros en
sus esfuerzos por lograr la madurez completa. Los padres deben guiar a sus
hijos en amor y enseñarles a obedecer al Señor. Por su ejemplo y sus palabras
deben enseñarles que Cristo es su amoroso maestro, siempre tierno y solícito,
que anhela verlos convertirse en miembros de su cuerpo, la familia de Dios.
El aumento de la unidad familiar es uno de los aspectos distintivos del
mensaje final evangélico.
El Ministerio de Cristo en el Santuario Celestial En el
cielo hay un santuario, el verdadero tabernáculo que levantó el Señor y no el
hombre. En él, Cristo lleva a cabo su ministerio en nuestro favor, poniendo a
disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio
realizado una vez para siempre en la cruz. Cuando ascendió al cielo, inauguró
su ministerio intercesor como nuestro Sumo Sacerdote. En 1844, al fin del
período profético de los 2,300 días, entró en la segunda y última fase de su
ministerio expiatorio. Es una obra de investigación judicial, la cual es
parte de la eliminación definitiva de todo el pecado, tipificada por la
purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de
La
segunda venida de Cristo es la bendita esperanza de la iglesia, la gran
culminación del Evangelio. La venida del Salvador será literal, personal,
visible y mundial. Cuando Él regrese, los muertos justos resucitarán, y junto
con los justos vivos serán glorificados y llevados al cielo, pero los
injustos morirán. El cumplimiento casi completo de todos los lineamientos
proféticos, junto con la condición actual del mundo, indica que la venida de
Cristo es inminente. El tiempo de ese acontecimiento no ha sido revelado, y
por lo tanto se nos exhorta a estar siempre listos.
La paga
del pecado es muerte. Pero sólo Dios, que es inmortal, otorgará la vida
eterna a sus redimidos. Hasta ese día la muerte es un estado de inconsciencia
para toda la gente. Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, los justos
resucitados y los justos vivos serán glorificados y alzados para encontrarse
con su Señor. La segunda resurrección, la de los impíos, sucederá mil años
después.
El Milenio y el Fin del Pecado El
milenio es el reinado de Cristo en el cielo con sus santos durante mil años,
entre la primera y la segunda resurrección. Durante este tiempo los impíos
muertos serán juzgados; la tierra estará completamente desolada, sin
habitantes humanos, pero ocupada por Satanás y sus ángeles. Al final, Cristo
con sus santos y
En la
tierra nueva, donde mora la justicia y Dios proveerá un hogar eterno para los
redimidos y un ambiente perfecto de vida, amor y gozo, y de conocimiento en
su presencia. Porque allí Dios mismo habitará con su pueblo, y el sufrimiento
y la muerte pasarán. La gran controversia terminará, y el pecado no existirá
más. Todas las cosas, animadas e inanimadas, declararán que Dios es amor; y
Él reinará para siempre. Amén.
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Copyright 1999. |
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